Tantas,

que perdimos la cuenta

Un domingo de marzo de 2022 Byron Esteban me acompañó al Atanasio.  Optimistas ingresamos porque queríamos ver al rojito ganar, y mientras al equipo rival el DIM lo bailaba, el parcero me hablaba de un hacha que guardaba el Museo de Antioquia. Otro gol del Deportivo Independiente Medellín obligó que se cortará la conversación recién nacida. Otro domingo, pero de mayo de ese mismo año, caminaba desparchado entre las gordas esculturas de Botero cuando recordé aquel inconcluso dialogo del estadio. Ingresé al edificio donde el tiempo bosteza sin ronquido alguno. ¿Qué fue lo que vi? La urna protectora de un hacha de oxidado tiempo.  El Guía me explicó por qué era importante exhibir ese trozo histórico de 70 centímetros, motivándome a seguir consultando lo que había visto. Aunque siempre he escuchado esa palabra, decidí averiguar su origen semántico: viene del francés Massacre que traduce homicidio de varias personas indefensas. Pues esa hacha participó en la primera masacre registrada oficialmente en la bucólica capital del Estado Soberano de Antioquia (la misma Antioquia Federal que un Escobar – con b – hace cuarenta y cuatro años proponía)

Lugar: El Aguacatal (suroriente)

Causa: Una deuda de $3.

Día:  2 de diciembre.

Año: 1873.

Víctimas:  Virginia Álvarez (maestra) 36 años, Melitón Escovar – con v – (esposo) 48 años, Sinforiano Escovar (hijo de Virginia y Melitón) 22 años, Juana Echeverri (madre de Virginia) 63 años, María Ana Marulanda (empleada del servicio doméstico) 36 años, y Teresa Ramírez (sin parentesco, pero residía en la casa) 15 años.

Sobrevivientes: Manuel Antonio (hijo de María Ana) 1 año, y Manuel Antonio (hijo menor de los Escovar Álvarez) 4 años.

Victimario: Daniel Escovar – con v – (Sobrino de Melitón y primo hermano de Sinforiano) 20 años.

Condena: 96 años y cuatro meses.

¿La cumplió? No. Se voló.

Así sucedió la tragedia: Sinforiano le debía $3 a Daniel. Daniel fue a su casa a reclamárselos.  Alegaron. Sinforiano le arrojó la plata al suelo. Daniel se emputó. Puño y pata se dieron, la familia intervino, empujones van y vienen. Daniel cogió el hacha y la “volió para todos lados, eso, sí, “con el palo y no con el filo”, como lo expresó en el juicio.  Los treinta mil habitantes de Medellín quedaron pasmados. Aquí nada pasaba. Entre rezar y creer que al cielo llegarían ocupaban su rural rutina. Del Aguacatal al parque de Berrío había unos 10 kilómetros, pero varias horas demoraban caminando. En esas lejanas tierras nacían cremosos y “alentados” aguacates (de ahí su nombre) también en sus parcelas pastaba alguna vaquita. Hoy no hay verduras, pero sí cemento y pavimento: el centro comercial Oviedo, la universidad EAFIT, el colegio san José de las Vegas, y el hotel Portón de Oviedo.

El hacha fue encontrada debajo de la cama de una de las víctimas y, por vez primera, en un proceso judicial se tomaron fotografías. Como tanto muerto junto era novedad, esas fotos fueron consumidas por la adictiva necrofilia. ¿Será que desde entonces heredamos el morbo de leer el Q´hubo? me pregunto en este momento. En el Museo vi algunas. Hasta Pastor Restrepo (fotógrafo) hizo billetico porque vendió copias de la tragedia familiar.  El periodista y primer fiscal segundo del circuito de Medellín, Francisco de Paula Muñoz (1840 – 1914) narró con detalle forense, en su libro de 260 páginas, “El crimen de Aguacatal”, este inimaginable suceso; convirtiéndose en el primero que registró un tema judicial en la ciudad. Su libro sirvió para condenar al matón.  Posteriormente el escritor Juan José Hoyos investigó el reportaje de Francisco de Paula, concluyendo que Daniel Escovar después de fugarse de la cárcel a Urrao (suroeste de Antioquia) fue a parar donde murió limpio de culpa. En su libro “Un pionero del reportaje” (2002) Hoyos subraya la importancia de este autor como redactor judicial.

Después de este hecho nadie volvió a quedar en choc porque desde entonces han ocurrido tantas que perdimos la cuenta. Masacrar es un verbo adherido a nuestro ADN moral, por eso cuando el rojo gestaba otro gol, la tribuna con vehemencia gritaba. “Masacrá al portero, ¡masácralo!… gol, gol, y gol, ¡golazo!, ¡hijueputa!”. Y después de la masacre futbolera nacen los alegres abrazos en la tribuna, pues no hay compasión con el perdedor. Es tan natural esa palabra francesa, en el abecedario antioqueño, que el Q´hubo tiene los lectores diarios que desearían las pocas librerías que aún sobreviven en esta urbe.

Abril15 de 2026

pensamientos de 5 \"TANTAS\"

  1. El hacha de mis mayores, su utilización durante la llamada colonización antioqueña, destruyó sin contemplación bosques y fauna silvestre.
    Con un hacha también masacraron al ilustre Rafael Uribe Uribe.

  2. “ Gran crónica profesor Barrientos, desconocía la historia del hacha de la que muy sabiamente Miguel , en el comentario anterior hace alusión al “Hacha de mis mayores ….”, y que recibimos por herencia “

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