Qué sorpresa

al no ver La Sorpresa

Amanda y Ernesto González (un matrimonio de la tierrita) tenían una plática y decidieron crear La Sorpresa, obteniendo el permiso de funcionamiento de la Secretaría de Gobierno municipal, el martes 23 de abril de 1963, autorizándoles, así, la compra y venta de comestibles y licores en su salsamentaría. Dicha licencia tuvo validez hasta el 16 de febrero de 1997, dieciocho días después de la explosión.

– “¿Qué? ¿Explotó el aceite donde freían?” Me preguntarás 29 años después de la tragedia.

– Despacito (como dice la canción de Luis Fonsi y Erika Ender) te responderé sin ningún afán porque la historia a las carreras no se puede contar.

-Mejor te devuelvo la pregunta. ¿Recordar primero las experiencias agradables permiten digerir las que no lo son?

A pocos pasos  de la actual plaza de Botero, a la esquina de la calle 53 (Avenida de Greiff) con la 51 (Carabobo) durante 34 años llegaron los medellinenses como la  emperifollada doña a la que nunca le pusieron falla, pues después de consumir las patas y el gañote de gallina sudada, con un “¡de ataque!”, en voz alta, la propina al mesero daba; o quien desde La Floresta arribaba a saborear los gigantes buñuelos, diciendo, mientras revisaba si la tapa del refresco salió premiada: “con Kol – Cana, no paga”; o  la mujer que trabajaba en el vecino Miguel de Aguinaga que, después de su jornada laboral en EPM, llevaba a sus hijos pan negro para la merienda; o la “ posta guisá” que pedían los tres estudiantes costeños de Minas que en la misma mesa siempre se sentaban; o para el borrachito que el mondongo lo desenguayaba, este era el mejor comedero nocturno de la ciudad; o el infaltable tío que alcahueteaba a sus sobrinos con los pasteles de pollo enroscado tostaitos;  o aquellos que después de terminada la  farra en La Sorpresa ocultaban la rasca con el consomé de menudencias; o los adictos a la morcilla que religiosamente la consumían. Visitar el lugar no sólo era roce social, también se heredaban los recuerdos tatuados en el alma, como quitar el antojo con moritos a las esposas en embarazo; o escuchar la ausencia de la abuela en el “algo” sabatino.

Eran las once de la mañana del miércoles 29 de enero de 1997, y en el segundo piso del edificio santo Domingo (en el primero funcionaba la salsamentaría) en la oficina que ocupaba la Asociación de Juntas Comunales de Medellín, 70 kilos de destrucción estallaron acabando con la vida de 4 personas, hiriendo a 53, y sepultando 34 años de trabajo de los González, sentenciando su cierre definitivo el domingo 16 de febrero, 18 días después del atentado. Hasta la justicia se paniquió con el mortal ruido que dejó grogui a la ciudad al perder su sitio de encuentro, en donde se tertuliaba sin preocupación alguna, tanta fue la impotencia que la Fiscalía tituló la investigación, “La bomba de La Sorpresa”, al ser sus dueños los propietarios del edificio que destrozaron los violentos. El atentado no iba dirigido al local 51 – 42, donde la exquisitez gastronómica fue apetecida durante generaciones, sino contra la organización social que había alquilado el segundo piso, sirviendo como fiador de ese arrendamiento la alcaldía de Medellín. El Consejo de Estado determinó (en la mal llamada justicia colombiana) que era el municipio, y no el grupo armado que perpetró la acción delincuencial, quien debía reparar a los González, incluyendo el daño moral que produjo el definitivo adiós al millón setecientos mil habitantes de la ciudad, quienes se sorprendieron al no ver La Sorpresa (considerada un trozo de su personal historia) produciendo en ellos el insomnio urbano que crean quienes se enriquecen con la muerte de quienes no participan de sus guerras.

Octubre 9 de 2026

 

pensamientos de 4 \"QUÉ SORPRESA\"

  1. Que bien Héctor por esta conmovedora crónica, que me recuerda los viernes de farra, cuando, ya en la madrugada, nos desenguayababamos con el consome de menudencias. Y esperábamos el bus de las cinco de la mañana, que me llevaría a Manrique, porque ya no quedaba para el taxi.

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