Silencioso

Homenaje

En el suroccidente de Medellín, sobre la carrera 76 (donde funcionaban los calabozos del F2) desde el 13 de marzo de 2008 se encuentra la representación de una casa tradicional, siendo esa casa un Parque Biblioteca. El diseño del arquitecto japonés Hiroshi Naito tuvo en cuenta tres conceptos para prolongar las costumbres familiares de ambas naciones.  A cada una de estas partes las nombró Plaza.  Y hasta esa casa llegó Wilber para darle el aplazado abrazo a William, su compañero de aula, pues en la euforia de la graduación de ambos, como bibliotecólogos de la U de A, postergaron ese sello fraternal. Al encontrarse con el rostro en bronce de William de Jesús Álvarez Vélez, y una placa a la entrada del auditorio que lleva su nombre, Wilber se enteró que dicho abrazo no sería posible.  El escultor Ramiro Areiza Arango (creador del busto) permitió que la memoria no olvide a quien la descarada violencia (de una ciudad sin escrúpulos) le cancelara la vida ese 30 de junio de 2010, en la sala de su hogar, delante de su esposa y sus dos niños. Wilber inundó su corazón con recuerdos del amigo, del gestor cultural, del director del Parque Biblioteca de Belén, de quien trabajó por una metrópoli pacífica. Evocó que su compañero de clases nació en una de las viviendas fundadoras del Santa Rosa de Lima (La Floresta) al occidente de esta estresada capital, en donde, siendo adolescente, se vinculó al Grupo Juvenil Parroquial buscando soluciones a las carencias de este popular sector: participó de la creación de la Biblioteca Comunitaria, del Festival del Porro, y del Movimiento Poetas Vivos de Santa Rosa de Lima, dándole identidad barrial a las cuadras que lo vieron soñar. Todo lo anterior fue borrado por una familia de bandidos conocida como La Sagrada Familia, quienes robaban y asesinaban a personas generosas que confiaron en la honestidad de los demás, al posar como compradores de un bien raíz que la víctima les vendía. Y por no pagarle la vivienda de Buenos Aires (en el centroriente) con la cual completaría el valor de la recién adquirida en Conquistadores (al occidente) mataron a William (y a casi una decena más de honradas personas) determinando la investigación judicial que la abuela, las hijas, y los nietos eran calculadores criminales sin sentimiento alguno, pues se gastaban el dinero hurtado (al revender la propiedad robada) turisteando por Colombia y el mundo.

Jamás imaginé escribir sobre esa vida cercenada por los parásitos que nacieron succionando el esfuerzo ajeno. Dieciséis años después me duele su muerte porque en 1996, siendo yo docente del Liceo Benjamín Herrera, y él director de la Biblioteca Comfenalco Guayabal, en el barrio Antioquia (suroccidente de la ciudad) convocamos a sus habitantes a “Calles de Cultura” para expulsar el miedo de las esquinas con la esperanza que dan las expresiones artísticas, en ese instante de áspera zozobra. Con pintura, teatro, versos, canelazos poéticos, alboradas con chirimías, mimos, zanqueros (eso, sí, sin pólvora) y encuentros con la vecina palabra, el barrio Antioquia se transformaba en un festival de alegría. Mientras mi mente dibuja la serenidad de William, tecleo este mudo abecedario como tributo a quien merece todos los homenajes, renaciendo en mi la creencia que es posible revivir esas utópicas conversaciones, mientras en La Piloto nos tomábamos un capuchino, o en Versalles degustábamos las empanadas con acento argentino, o en Carlos E nos tomábamos un par de polas imaginándonos las comunas de Medellín sin una sola muerte violenta.

Septiembre 21 de 2026

pensamientos de 3 \"SILENCIOSO\"

  1. Gracias Héctor por homenajear a personas como William, quienes valintemente dedican su vida a difundir La cultura sin esperar recompensas. Condenamos los actos delincuenciales de la sebicia de hampones que se dedican a vivir de los sueños ajenos sin importar los daños que hacen a toda un cultura de la vida.

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