“Nicolasito”

Nicolás Gómez Rodríguez

Seis meses antes habían construido un aljibe de 74 metros de profundidad, y 35 centímetros de diámetro, y sin tapar lo dejaron porque nada ocurriría. Esa mañana (como todas las mañanas) iba a saludar al burrito que el abuelo le había regalado. Su madre le acompañaba, pero en un descuido al hueco cayó, y, en Medellín todo se olvidó. A partir de ese instante, durante 79 horas, el alma de esta capital padrenuestros adoptó, atando la esperanza en cada oración. Hasta las nueve y veinte de la mañana, del martes 28 de octubre de 1980, para un millón y medio de habitantes todo era igual: ese año en las esquinas la palabra medallo reemplazó a Medellín, el nombre oficial de la ciudad; en las cuadras, pirobo se escuchó por primera vez, refiriendo a quien la piedra nos sacaba; dentro y fuera de los buses las gafas, aretes y relojes arrancaban; los limosneros aumentaban (el indigente no existía, pero desechable le decían) mientras sus manos estiraban; al jefe de la Aerocivil Fernando Uribe Senior, ocho meses antes lo mataban por no autorizar sospechosos vuelos; los fines de semana urgencias de Policlínica con heridos se llenaba; y ese día El Colombiano publicó los titulares que nunca cambian. Lo anormal era normal hasta que un medio masivo de manipulación la noticia emitió: “¡Alerta!, Primicia de RCN, ¡Atención!: en la zona rural de Cerritos (a media hora de Pereira) en la finca Andalucía, Nicolás Gómez Rodríguez, un niño de 17 meses al hoyo se fue. La finca es propiedad de Óscar Gómez Iza, gerente de Davivienda en Pereira, y papá del menor”. A Nicolás, “Nicolasito” el locutor rebautizó. Y desde que Amparo (la mamá del niño) anunció su desaparición, la cadena radial trasladó un transmóvil para narrar el rescate del cuerpo (como si fuese la etapa final de la vuelta a Colombia en bicicleta) el cual se dio a las tres y media de la tarde, del viernes 31 de octubre de 1980. Ese viernes “medallo” (y toda Colombia) lloró al enterarse de la inutilidad de tantos aviones viajando a países lejanos, donde iban y volvían con brocas y taladros, pues dijeron que un meteorito apareció y la gelatinosa greda en impenetrable se transformó. Cabizbaja quedó la urbe rumbera: durante 4 días nadie sonrió, la alegría se exiló escuchando al narrador.  El funeral de “Nicolasito” también se transmitió. Tanta tristeza a Fausto (cantautor antioqueño) inspiró, y una canción le dedicó: “Nicolás, Nicolás, Nicolás / yo sé que hay muchas voces /que diciendo están, que sí/ que por eso no vivió / no hay que juzgar a nadie /por amor no pueden ver / sin que Dios no quiera /nada puede suceder”. Cuarenta y cinco años después, algunos que vivieron esta historia ya no están, otro tanto sigue lamentando la inocente perdida, mientras hay quienes dudan que haya sucedido… las hipótesis conspiranoicas dicen que, entre vuelo y vuelo, el cielo se utilizó para transportar al infierno a quienes consumen lo que nadie, ni por curiosidad, debería probar.

Febrero 8 de 2025

pensamientos de 4 \"NICOLASITO\"

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