La realidad
Es ficción
Una noche de 1982 en la cafetería de la Universidad Autónoma Latinoamericana (Tenerife con Ayacucho) conocí a quién sería mi pana de aventura. Ambos cursábamos el segundo semestre, él en economía, y yo en Filosofía. Jorge Bustamante (1960 – 2007) era un tipo cuajo, serio, muy serio, de escasas palabras, pero bravo, muy bravo cuando el derecho ajeno había que defender. Lector de poesía y Paulo Freire: sincero, directo y cervecero; me hablaba de Silvio como si fuese su amigo de cuadra en el Veinte de Julio, de la Comuna 13. Esa noche un par de tintos bastaron para planear la forma de conseguir el valor del próximo semestre, aprovechando el mes de vacaciones que nos daban. Al año siguiente renunció a continuar la carrera para hacer otras carreras, en taxista se había transformado. Sin embargo, en mayo del 83 cumplió su promesa. Salimos de Medellín al municipio de Yondó (Magdalena medio antioqueño) donde el petróleo derrite cualquier esperanza. Allí el alcalde era su pariente cercano, y creímos que con la familiaridad bastaba. El tipo ni nos miró, pero, eso sí, de bienvenida nos ofreció todo el guaro que bogáramos. Llegar hasta ese municipio no fue fácil, pues como no teníamos ni cinco, abordamos el tren donde actualmente funciona la estación Bello del Metro. Y cuando el veterano trabajador del ferrocarril pasaba por los vagones, verificando el tiquete de acceso, nos escondíamos en los baños que había chequeado hasta que olfateó nuestro juego, era media noche cuando amenazó con arrojarnos a los rieles. Un señor se enteró y pagó los dos boletos con la condición de ayudarle a bajar unas cajas en Puerto Berrío.

- “Esta noche duerman en el parque”. Nos recomendó.
Noqueados por el hambre y el cansancio, los cuerpos estiramos en dos de las bancas del parque central, pero de inmediato Zico (un policía) nos abordó.
- “Hay un grupo armado que está matando a quien se atreva a desafiar sus reglas”. Su concluyente advertencia nos condujo al comando.
Después del interrogatorio sobre nuestra presencia y procedencia, un tarrito de salchichas Zenú nos regaló. Ese tarrito salvó la cena.
- “Muchachos, ven esa casa abandonada. Ahí pueden dormir seguros”. Su índice nos guio.
Nos tendimos en el piso de tierra de la vivienda, y con los morrales improvisamos almohadas. A las dos de la madrugada, Jorge con un sacudón me despertó.
- “Escuchá guevón a un viejito tosiendo”.
- “No jodás… dejá dormir”. Manoteándole respondí.
Un par de horas después era yo quien le advertía de la extraña presencia.
- “¡Es un hijueputa espanto!”. A una sola voz gritamos.
Con somnoliento miedo amanecimos. Como conservábamos los pesos que el señor de las cajas nos había regalado, subimos a un “chivero”, y dos horas y media después, llegábamos a Yondó por una trocha que llamaban carretera.
Con la barba pulcra y la ropa limpia, salimos a curiosear el pueblo. Cuando nos acercábamos al complejo petrolero de Casabe, un ganadero de la zona nos saludó voleándonos su sombrero desde un campero sin carpa. Los soldados que cuidaban el ingreso a la empresa interpretaron nuestra amistad con el finquero, permitiéndonos entrar sin requisito alguno. Ese día, sí, ese preciso día esperaban la llegada de dos ingenieros. La ansiedad de la espera era tanta que tres trabajadores desde una alta torre bajaron a saludarnos. No perdieron la oportunidad de indagar si nos gustaba lo que hacían. Jorge y yo, para no defraudarlos, dijimos sí con la cabeza. Sonrientes nos señalaron la oficina porque una hoja de vida debíamos diligenciar.
- “Deben ir a Barrancabermeja a hacer el examen médico, y después llevar a Bucaramanga la documentación requerida”. Nos advirtieron.
En el Ferri nos colamos. Nos pillaron, pero el pasaje lo perdonaron porque servimos de guías parqueando los carros que el planchón transportaba. ¿Cuáles ingenieros? sólo queríamos que nos ocuparan en cualquier pendejada, en eso pensábamos, mientras nuestras miradas en el río Magdalena no se ahogaron. En Barrancabermeja, pegadas a la malla protectora, decenas de manos varadas se aferraban a la oportunidad de emplearse. El dueño de una de esas manos expresó su rencor al enterarse que fuimos admitidos sin solicitarlo. El tipo nos amenazó. Regresar a Medellín fue la única opción que tuvimos con dos morrales maltrechos. Emprendimos el regreso confiando en el aventón. Uno que otro conductor nos paraba, y caminando por san José del Nus, vimos un charco que refrigeraría nuestro deshidratado andar. Disfrutábamos de este privilegio natural cuando un toro enredó en sus cachos la ropa que habíamos dejado a un lado del lago, quedándonos con la “muda” que los morrales guardaban. Mugrientos llegamos a Cisneros para clandestinamente pegarnos de la parte trasera del último vagón, así, que, mientras nos devoraba El Túnel de La Quiebra, el humo nos ahorcaba.
- “¡Pellizcáme!”. Gritó Jorge, pero un calvazo me despertó porque el grito no escuché. Ennegrecidos del hueco salimos,
A Medellín regresamos con el hambre tiznada pero jamás derrotados porque hoy, cuarenta y tres después, narro la experiencia de haber sido empleados de Ecopetrol por una casual confusión. Fueron ocho días de ficción, suficientes para homenajear al parcero que no podrá leer lo que vivimos cuando inmortales nos creíamos.
Mayo 29 de 2026
Óyeme Héctor Barrientos, si ésto es real y tú fuiste protagonista, me gustaría charlar contigo al calor de un tinto, va pa’ esa como dicen en la Costa .
Fidel, obvio que es real. El titulo de esta crónica resume esta vivencia en instantes del urgente rebusque universitario. Más adelante publicaré otras experiencias con Jorge Bustamante, como le digo en este texto, mi pana de aventuras, que no podrá leerlos porque se me adelanto muy pronto. Serán crónicas de más realidad que ficción, o, viceversa, quizás, en nuestras jóvenes vidas cuando nos comiamos el mundo así no hubiesemos desayunado. Te espero para que las leas.
Otra realidad que parece ficción y es por el modo de escribirlla nuestro gran amigo Héctor Barrientos.
Cada escrito es un pedazo de vida que se deja en manos de los lectores.
Horacio. Gracias por comentar y leer esta crónica. En las próximas te espero puntual, como siempre.
No es la Odisea griega sino la Odisea de Héctor y compañía.
Sí Fercho. Gracias por leer y comentar esta crónica, y las que faltan por publicar en norimaperoesverdad.com. Lo importante es que se aprende a gestionar la solución en todas las experiencias cuando esa solución es la única que resuelve los problemas. Te espero en la próxima.