Aún no cesa
la horrible noche
Martes 20 de julio de 2010. Sin saber cómo torear el rebusque en la Medellín sin sentimientos, Samuel llegó desde Las Independencias, donde las escalas son calles (en el occidente de tanta cogestión) al Teatro Pablo Tobón Uribe (en el centroriente de otra congestión). Subió por una de las cortas bifurcaciones de La Avenida La Playa, atravesó Giraldo, y encontró el lugar que alberga el recuerdo de batallas y guerras para no olvidar la estupidez de todas las violencias. “Vive 100, vive 100” ofrece desde entonces el vendedor de esta eléctrica bebida, mientras camina con el peso de la nostalgia desde cuando su padre fue arrancado de la parcela por tres tipos cuando evitó el reclutamiento de su hijo. Desplazado llegó a Medellín con el último gesto que don Óscar dibujó cuando se lo llevaban. Esa angustiada mirada es su herencia, y el día que El Parque Bicentenario fue inaugurado en tendero sin tienda se convirtió, y desde entonces hizo de este lugar su casa. Ese martes la burocracia municipal recordó que doscientos años atrás se murmuraba el comienzo del fin de la España asesina en estas tierras. Samuel absorbía las escenas proyectadas en los siete mil doscientos hilos de agua que servían de pantalla, mientras ofrecía el refresco que nadie compraba. La película se interrumpió cuando el alcalde (con muchos guaros en la cabeza) y los niños asistentes al evento (siguiendo su ejemplo) en vertical piscina convirtieron los dieciséis metros de ancho por cinco de alto del alucinante telón, mientras las madres con improvisadas toallas les secaban. Después de esta ocasión el cine se suspendió, la pantalla se dañó, sólo el marco quedó, y, como siempre, la corrupción jamás la reparó.

En 2012 Samuel, allí mismo, testigo fue de otra inauguración. La de un negro edificio con forma de vagón en dieta, el cual cuida en su interior la existencia de quienes los cobardes mercenarios desaparecieron. Eran tantas las víctimas en Medellín, que en 2006 las mujeres dolientes soñaron El Museo Casa de la Memoria para que los familiares de quienes no están se encontraran, abrazaran, lloraran, y tejieran la incertidumbre en esperanza sin dejar de buscarlos, reclamándole justicia a la injusticia al pedir en sus plantones condena para los criminales, y la no repetición de la maldad camuflada. Seis años después de imaginar su sitio de reencuentros, el alcalde (sin un guaro en la cabeza) entrega la estructura de hormigón para prohibir el olvido de hermanos, tíos, mamás, sobrinos, parceros, o, como en el caso de Samuel, de su padre, quien al verlo en la galería de fotografías imagina que vive porque su rostro le sonríe. El Parque Bicentenario huele a ilusión cuando aparezca el cese de la horrible noche (de la que no habla el Himno Nacional) cuando en la Medellín gentrificada no habite la ausencia de alguien porque alguien la orden dio, volviendo trizas al pariente corazón.
Septiembre 20 de 2025
Las huellas de una sociedad enferma y de narco fascistas que con el discurso de Antioquia independiente nos quieren volver a llevar a esas noches.
Gracias Héctor por esta narrativa que rescata la memoria de La Violencia política de nuestro desorden social. ????
Una crónica que nos recuerda el desorden social en el que vivimos , ayer , hoy y…
Gracias mijo.