No es tan fácil

Como creés

(Segunda parte)

Educar Editores decidió llevarme a Cali (como refuerzo) para aumentar sus ventas en esta ciudad. El martes 1ro de abril de 1986 llegué al suroccidente colombiano a aprender a moverme en una ciudad que no conocía. Me asignaron como lugar de trabajo el barrio Alfonso López (nororiente) donde la pobreza no limitaba el salsero corazón de sus habitantes. El asfixiante calor, y el desconocimiento de la nomenclatura, “echando pata” me enseñaron a sobrevivir en sus polvorientas calles. Y, al igual que en Medellín, algunos profes me pedían la ñapa para adoptarme los textos que les ofrecía.

  • ¿Qué hice para convencerlos? Me pregunto mientras escribo estas letras.

De mi sueldo que eran $16.811(el mínimo mensual de ese entonces) compré, en momentos diferentes, varios “Inventario” de Mario Benedetti que no eran baratos; cinco “Triunfo”: LP del grupo Niche que incluía la canción “Del puente para allá” que en todas las esquinas se escuchaba por aquellos días; galones de pinturas para señalizar algunas canchitas; fui maestro de ceremonia en   la celebración del Día del Maestro en una escuelita sin recursos; doné balones de futbol de bajo costo; apadriné un convite barrial; dicté clases en la Escuela Normal de Cali, y en dos colegios privados sin paga alguna; y (como en la Comuna 1 de Medellín) doné talleres de matemáticas para los niños más pobres del grado 5to en instituciones educativas públicas. De esta experiencia recuerdo un libro sobre el papa Juan Pablo 1ro (de visita ese viernes en esta capital) el cual debíamos vender en una de las avenidas por donde pasaría el papamóvil: había que completar el pago de la quincena, nos dijo el gerente. Como era costoso sólo me compraron diez… pero el 15 recibí puntual mi billetico. Allí fui contratado por Editorial El Cid para que fuese su representante en el segundo semestre de ese año en Medellín, esta vez en los barrios del noroccidente de la ciudad: Castilla, Pedregal, Francisco Antonio Zea, Kennedy, y La Maruchenga (un barrio del municipio de Bello) donde me recomendaban las docentes visitarlas muy temprano para que no me atracaran “Los Magníficos”, el combo que en ese momento gobernaba. A esa hora, me decían, “están durmiendo la traba”. En una ocasión tuve que ir a hacer la entrega de un pedido en la jornada de la tarde, y para salir ileso del centro educativo, una de ellas llamó a la policía para que escoltara mi regreso a Laureles (suroccidente) donde quedaba la sede de la empresa.

De mi trabajo en esta editorial no olvido a “Los Pirringos”, un preescolar que funcionaba en una pequeña casa del barrio Las Cabañitas de Bello, allí me atendió Rosalba Cano (sin sospecharlo ninguno de los dos) una compañera de la universidad que se estrenaba como maestra, y sin dudarlo agregó a la lista de útiles los textos que le mostré para ese nivel escolar, haciéndolo más por compasión que por convicción, siendo esta mi primera gran venta.

  • ¿Qué me quedó de esta vivencia comercial? Me vuelvo a preguntar 40 años después.

La empatía con el vendedor. Lo escucho así no le compre porque entendí que quien vende no es la mercancía que exhibe, sino la persona que requiere del empleo para alimentar su bienestar, y el de los suyos.

Marzo 15 de 2026

pensamientos de 5 \"NO ES TAN FÁCIL\"

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