No es tan fácil

Como creés

(Primera parte)

20 de enero de 1986. Ese lunes fue mi primera experiencia como vendedor de textos escolares venciendo la timidez que padecemos cuando ofrecemos un producto a desconocidos. Desorientado y timorato (en ese entonces la zona era insegura por el perpetuo conflicto urbano entre combos) caminé por las zigzagueantes callecitas del barrio santo Domingo Savio (nororiente) estrenándome en la primera institución educativa que hallé, en la parte más alta de la comuna 1, la Antonio Derka. Allí ingresé al único salón de clase que tenía la puerta abierta, el profe me atendió con desgano porque otros como yo (que llamaba la competencia) ya lo habían visitado, y, obvio, el maestro cansado de escuchar lo mismo me despachó de una sin escuchar mi discurso prefabricado en las llamadas clínicas de venta de la editorial, entonces le dejé los textos del grado cuarto.  Ese día entendí que a pesar de mi título universitario (obtenido el año anterior) como Licenciado en Filosofía, vender es más difícil de lo que imaginaba porque se trata de seducir al otro para que adquiera lo que no necesita, y si lo requiere, y no tiene con qué comprarlo, ¡paila!, así hagamos maromas con las palabras debemos exprimirnos al máximo en persuadir a quien comprará lo que nos urge vender.

Ese día tuve que inventar mi propio método de convicción para demostrar los resultados, que cada ocho días el gerente me exigía, convirtiéndome en benefactor de quienes solicitaban “algo más” para que la adopción del texto fuese efectiva. Algunos dirán que soy un guevón, pero con la presión en la nuca, cuando alguien se convierte en cliente espera la ñapa para ser parte de la negociación. Esa ñapa salía de los $560,37 diarios que ganaba, que sumaban $16.811 al mes (el salario mínimo de entonces) porque tenía que conservar el puesto, pues yo le servía a Educar Editores si mi gestión comercializadora ingresaba billete a su cuenta bancaria, y no por ser Héctor, o saludar con amabilidad a los maestros. Entonces donaba a los niños más pobres (recuerdo el caso de Fe y Alegría santo Domingo, cuando la directora de la escuela me entregó una lista de cincuenta estudiantes) los cuadernos de actividades de matemáticas para que me comprarán algunos textos de otras áreas.  Después con mi salario cancelaba a la editorial el valor de lo que me pagaban los niños y niñas con una bondadosa sonrisa de gratitud. Me iba con esa imagen de la escuela sin importarme el costo de la genuina felicidad, la cual conservo intacta cuarenta años después.

Después de visitar (en muchísimas ocasiones) cada colegio del sector; de subir y bajar escalas que simulaban ser calles con un pesado maletín; de perderme en algún callejón; de soportar soleados días sin tener pal’ bolis porque desajustaba el pasaje de regreso; y de mojar mi optimismo con aguaceros perversos, conocí la alegría tatuada en las esquinas de santo Domingo Savio, del Popular 1 y 2, y de santa Cruz, porque quienes las habitan (a pesar de tanta estrechez) nunca pierden la esperanza de creer en un despertar diferente.

20 de enero de 2026

 

pensamientos de 6 \"NO ES TAN FÁCIL\"

  1. Estudiante universitario de clase baja que se respete tuvo su experiencia de vendedor vendiendo libros y enciclopedias o terminó como muchos de nosotros de vendedores en grandes almacenes.

  2. Interesante relato de tu experiencia como vendedor de libros. Héctor, esa sí que es una aventura que pocos se atreven a vivir, vender libros, que ni los mismos profesores compran.

  3. Esa faena de vender, y más si son libros, es tensionante y a veces amarga. García Márquez vendió enciclopedias en la Guajira. Yo una vez intenté vender arbolitos de navidad al natural, pero nada. No vendo un tamal en un derrumbe. Apreciado Héctor, hiciste una gran labor con la muchachada popular.

  4. “ Muy grata la experiencia de las ventas mi buen profesor Barrientos, no es nada fácil , pero ver sonreír un niño con tu estrategia de ventas en su momento , te hizo el mejor vendedor del mundo”

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