“¡ALGO DEBÍAN!”

Ese 24 de diciembre el Niño Dios que tuvo con qué, llevó a pocas casas al cachorro que no poposiaba ni mordía ni velaba ni ladraba. Ese miércoles los hijos de los hogares pudientes (con toda la ansiedad acumulada) esperaron despiertos que sus padres dejaran bajo la almohada el esperado traído. Afuera la pólvora asustaba perritos y desorientaba pajaritos. Adentro pocos encontraron al japonés Tamagotchi (creado en 1996 por Aki Maita) quien costaba $40.000, demasiado caro para quien devengara $172.000, el salario mínimo mensual de entonces. Un platal por una pequeña pantalla en blanco y negro, pixelada, con forma de huevo que representaba a una mascota inexistente. Este dispositivo electrónico se controlaba a través de tres botones ubicados debajo de la pantalla (A seleccionar, B aceptar, y C cancelar) permitiéndole a quien su ingenuidad adoptara verlo comer, defecar, dormir, aliviarse, o morir. Ocho mil se vendieron en Medellín (a Colombia llegaron treinta mil) y de todos los niños y niñas que habitaban la ciudad sólo ese reducido número lo disfrutaba; disfrutar es un decir porque muchos lloraron a moco tendido cuando el “animalito” fallecía, otros por estar atentos a los requerimientos de éste fueron sancionados en la escuela por desconectarse de las clases, incluso, algunos reprobaron el año escolar, y para el resto, cuando la pila se agotaba su mundo se erosionaba. En todo caso las defensas infantiles se bajaron. Sólo hasta 1999 cuando el contrabando japonés, y la incontrolable piratiada China saturaron el mercado su precio accequible fue, pudiendo la mayoría de chiquilines abrazar y hablar con su propia soledad. El Tamagotchi fue la medicación que el comerció recetó a los medellinenses en ese 97, remendando la capacidad de resistir después de padecer la mezquina violencia, la misma que borró las ilusiones sin estrenar de festivos jóvenes cuyo único delito fue suspirar el encuentro de Noche Buena con sus parceros de la cuadra, en la ciudad donde nos negamos a normalizar la tragedia cuando escuchamos decir, “¡algo debían!”.
Septiembre 14 de 2024
Qué bueno recordar este objeto que a algunos nos llegó un poco tarde, por no tener con qué comprarlo.
Ahora tendríamos para comprar muchos de ellos y todo por nuestro estudio y trabajo.